En una tarde de verano, opresivo, tedioso, sofocante, cuando el sol oprimía con furia excesiva, no solo los cuerpos, también los espíritus, caminaba por un mercado popular de mi colonia; llegue a la parte menos transitada de toda la colorida edificación: el área de descarga de las mercancías, tiradero de basura e improvisada antesala al infierno de gatos, perros y ratas.
Advertí un olor especialmente repulsivo, la mezcla de ese aroma, acentuado por el implacable sol de un octubre donde el otoño parece nunca llegar, atrajo mi curiosidad cada vez más morbosa. Detuve mi andar de Don Juan, y fije mis ojos en un viejo conocido; tumefacto, macilento y en el paisaje más abigarrado posible. Estaba ahí, inerte, su mirada inexpresiva con los ojos a medio abrir.
Parecía triste, de esas tristezas que se vienen arrastrando de toda una vida. No vacile en acercarme. Al hacerlo sentí lástima de no haber roto nunca nuestra relación de solo conocidos y pasar a una muy posible amistad.
Sus dientes amarillentos se asoman dejándome ver sus encías ennegrecidas. Su cuerpo sucio como siempre, flaquísimo y totalmente ajeno al amor yacía enfrente de mí. La gente que pasaba apresurada no advirtió jamás a mi viejo conocido. Compartí con él por unos minutos la serena soledad del vacío. Después partí del lugar con la conciencia cargada de ser el único asistente de un funeral sin tumba, de un perro que a nadie agrado jamás y que en su último aliento me vio recordándome que al final, pobres o ricos, felices o no, invariablemente nos espera la incertidumbre del más allá.
miércoles, 5 de octubre de 2011
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