miércoles, 19 de octubre de 2011

Draco

El silencio pétreo inunda tu morada
Profunda, oscura y sulfurosa.
Ni la luna se atreve a entrar en tu guardia cavernosa
Cuando aun corre la sangre de tu última víctima devorada.

Lágrimas de sangre consolidan tu reinado horroroso
Que nadie se ha atrevido, con espada sagrada, a irrumpir.
Las madres te llevan la vida que han creado desde su vientre luminoso
En tus fauces jurasicas determinas que alma interrumpir…

Lo tierra ha cambiado, muchos soles y lunas han salido y se han ocultado,
La gente se ha olvidado de ti. Yo se que estas ahí esperando salir de tu guardia
Solo la muerte abra de curarnos de ti, y en este glorioso día
Habré de darte muerte, la sangre que derramaste vive en mí. Tu vida hoy habrá terminado.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Ab Aeterno

En una tarde de verano, opresivo, tedioso, sofocante, cuando el sol oprimía con furia excesiva, no solo los cuerpos, también los espíritus, caminaba por un mercado popular de mi colonia; llegue a la parte menos transitada de toda la colorida edificación: el área de descarga de las mercancías, tiradero de basura e improvisada antesala al infierno de gatos, perros y ratas.

Advertí un olor especialmente repulsivo, la mezcla de ese aroma, acentuado por el implacable sol de un octubre donde el otoño parece nunca llegar, atrajo mi curiosidad cada vez más morbosa. Detuve mi andar de Don Juan, y fije mis ojos en un viejo conocido; tumefacto, macilento y en el paisaje más abigarrado posible. Estaba ahí, inerte, su mirada inexpresiva con los ojos a medio abrir.

Parecía triste, de esas tristezas que se vienen arrastrando de toda una vida. No vacile en acercarme. Al hacerlo sentí lástima de no haber roto nunca nuestra relación de solo conocidos y pasar a una muy posible amistad.

Sus dientes amarillentos se asoman dejándome ver sus encías ennegrecidas. Su cuerpo sucio como siempre, flaquísimo y totalmente ajeno al amor yacía enfrente de mí. La gente que pasaba apresurada no advirtió jamás a mi viejo conocido. Compartí con él por unos minutos la serena soledad del vacío. Después partí del lugar con la conciencia cargada de ser el único asistente de un funeral sin tumba, de un perro que a nadie agrado jamás y que en su último aliento me vio recordándome que al final, pobres o ricos, felices o no, invariablemente nos espera la incertidumbre del más allá.