viernes, 22 de enero de 2016

Marcela

Bryan Rodríguez

El día que Marcela llegó a casa de Rebeca, su prima, volvieron a crecer en la mente de Guillermo, el esposo de Rebeca, pensamientos que acabarían por llevarlo al desastre.
Fue el 15 de diciembre la primera vez que Guillermo –el profesor de literatura, amante de los animales y escritor de poesía desaforada–  la vio por primera vez–, claro que años atrás la había visto dos o tres veces en alguna aburrida reunión familiar–, pero nunca como hasta ese 15 de diciembre.  La puerta se abrió y ahí estaba. Los Leggings oscuros cubrían sus piernas y una minifalda acentuaba sus caderas, que por sí solas eran discretas. Su blusa tenía un ligero escote que dejaba ver el buen trabajo que la pubertad continuaba labrado en Marcela.
Rebeca cerró la puerta impidiendo la entrada del aire fresco de la noche y le dijo a su esposo       –Ella es Marcela, ¿Te acuerdas? La llevamos al Museo de Antropología hace como cuatro años–. Guillermo asintió sin ver a Rebeca; sus ojos estaban fijos en el rostro blanquecino de Marcela, ella sonrió quitándose el gorro rosado que cubría su melena negra y saludo a Guillermo, quien pareció despertar repentinamente. Con un tono de voz nervioso devolvió el saludo y se apresuró a besar la mejilla exangüe de Marcela.

–Va a pasar unos días  con nosotros –explicó Rebeca–, podremos llevarla a algún lado para que se distraiga. El plan era sencillo. Marcela se quedaría descansando en casa de su prima. Su padrastro había sido internado en un hospital psiquiátrico hacía poco, evento que maceró repentinamente el alma de la madre de Marcela, volviéndola hostil con cuanta mujer se le pusiera enfrente, incluida su propia hija.

Era la hora de la cena. Guillermo había superado su estupor y se mantenía serio. Quería mostrar indiferencia  a la presencia que representaba la visita de la joven. Ocasionalmente lanzaba una pregunta sin importancia. ¿Qué tal el viaje? ¿Gustas más jugo? Siempre evitando verla a los ojos de forma prolongada. La verdad era que en su interior ardía un deseo malsano por la prima de su esposa. Llevaban cinco años de casados y su cama experimentaba un congelamiento firme y progresivo. Rebeca era una mujer preciosa de 27 años, los muslos firmes y el pecho esculpido en un cuerpo de café con leche, cualquier hombre desearía una mujer como ella. El afortunado fue Guillermo, un tipo bastante común, “inteligente”, pero en cuanto al apartado físico no destacaba del promedio.
Marcela se mantenía siempre fresca, divertida, agradable. Recibió una educación de princesa sin trono de la cual hacía gala en la mesa. Ella buscaba los ojos de Guillermo, lo observada detenidamente sin ser indiscreta. Te pareces a mi padrastro –lanzo repentinamente–, y sonrió con malicia. Guillermo se trago su bocado de golpe, bebió algo de juego y solo pudo mascullar “siento lo que pasó”.

Después de la cena Rebeca le enseño la casa a su prima. No le hizo ninguna pregunta, a pesar de tener muchas, acerca de lo que había ocurrido. Le parecía sorprendente que el padrastro de Marcela hubiese perdido la razón de forma tan repentina. Juraría que lo vio una o dos semanas antes de que lo llevaran al sanatorio mental. –No recuerdo que Guillermo fuera así de serio, según yo era mucho más divertido –Le confesó Marcela–. Rebeca respondió –de pequeña te cuidaba mucho, siempre quería cargarte o llevarte con él al parque. Tú lo buscabas también.

Dieron las diez quince de la noche. Guillermo estaba inquieto. Sentía que no podría más. El tiempo había corrido lento para él desde que la vio y su cerebro no dejaba de inventar excusas para estar a solas con Marcela. No era necesario. Rebeca tenía la guardia nocturna en el hospital esa noche y no regresaría hasta el día siguiente por la tarde. Guillermo uso la última gota de autodominio que había en su interior para decirle adiós a su esposa con una tranquilidad veraniega. Marcela también dijo adiós e inmediatamente escapó a su habitación.

La impaciencia termino por doblegar al pobre Guillermo. Su sangre empezó a circular velozmente y su corazón pateaba su pecho con violencia por cada paso que daba hacia el cuarto de Marcela. Nublado por el excesivo roció sanguíneo que experimentaba su ser, abrió la puerta sin pensar en tocar antes. Ahí estaba Marcela, sentada a la orilla de la cama, sin botas, sin mallas, solo la blusa escotada y ropa interior rosa cubrían a la diosa de mármol.

No se sorprendió al verlo. Lo esperaba, lo deseaba. Su respiración estaba acelerada y el aire de la habitación era glacial, las exhalaciones de ella se convertían en un delicioso vaho que provocaron la pérdida total de control en Guillermo. Con lo poco que le quedaba de lucidez él había mascullado una especie de excusa estúpida para ir a verla, pero en cuanto la tuvo de frente, su cuerpo se abalanzo al de ella; su boca disparaba besos violentos que Marcela recibía ansiosa, sin oponer resistencia. Pequeños gemidos se le escapaban a Marcela, el néctar de su entrepierna evidenciaba lo excitada que se encontraba.

Guillermo le arrancó la blusa; los magníficos senos de marcela se liberaron con un rebote para después alzarse intrépidos. Las rosas aureolas proclamaban su origen divido mientras Guillermo las besaba salvajemente. Tomó la mano de Marcela y la dirigió a su bajo vientre, ella capturo su masculinidad y la apretó con fuerza dirigiéndola hacia su pelvis. Él acariciaba los finos bellos de seda de la pelvis de ella. La primera envestida causo en Marcela un dolor reemplazado paulatinamente por el placer de su sexo desbocado y los bríos guardados por su amante desde hacia tanto.
Ella lo había enviado al cielo. Cada uno de los movimientos de la diosa amenazaba con terminar el encuentro de forma repentina, pero la expresión sensual de su rostro adolecente, sus labios apretados y sus senos balanceándose en perfecta armonía mantenían la firmeza de Guillermo.

Pasaron la mitad de la noche juntos. Guillermo estaba soñando. Soñaba que había entrado al cielo. Miraba a los ángeles directamente a los ojos y su belleza le recordaba a la dulce Marcela, la misma Marcela que había cuidado cuando era niña, la misma niña que le produjo una atracción que ocultó avergonzado en lo más hondo de sus entrañas. De pronto las puertas del cielo le fueron negadas y calló hasta estrellarse con las piedras ígneas del infierno. Había despertado. Marcela estaba en la cama junto a él.


Al verla de cerca, Guillermo la percibió más suave, más frágil, más niña. Lanzo un grito de horror puro al verla. De verdad era una niña de no más de diez años. Se apartó de ella y corrió a encerrarse infantilmente en su cuarto. Fue la última vez que estuvo ahí. Rebeca lo encontró en la tarde, sentado en un rincón con la mirada idiota y perdida, un hilo de baba tibia se escurría por su boca. Jamás volvió a decir una sola palabra. Marcela explicó que no lo había visto en toda la noche se fue a su cuarto en cuanto te fuiste prima. Es extraño, lo mismo le paso a mi padrastro, –Y sonrió con malicia.