En tu tierra femenina he depositado mi semilla,
Guiados por la convicción
Hemos pactado nuestra devoción
Que nos tenemos en este mundo de sequía.
Un regalo de los dioses nos ha sido dado.
Ambos, novatos en plena aventura,
Dedicaremos la vida a nuestra flor prematura
Con ese aroma que a ambos nos ha extasiado.
miércoles, 24 de febrero de 2010
sábado, 6 de febrero de 2010
La calle de los pétalos.
Vivo en la calle pétalos en el centro histórico de la ciudad de México. Llevo bastante tiempo viviendo aquí. Ahora que lo pienso, parecen siglos. La casa es de tres pisos. Me gusta ver pasar a las personas por la calle. Me acerco a una ventana y veo a toda clase de gente pasar, ellos nunca me ven a mí. Nunca se detienen, siempre llevan prisa.
No soy el único que vive aquí. Esta la señora Josefina y su pequeña hija Noelia. La señora Josefina parece estar siempre triste. No se que le habrá pasado o que habrá hecho, lo cierto es que, por las noches, invariablemente, la escucho sollozar amargamente.
La pequeña Noelia disfruta de correr por toda la casa, siempre esta activa, de buen humor. A pesar de que tiene una fea cicatriz que recorre todo su cuello de forma horizontal, es muy hermosa. Creo que necesita amigos, hace tiempo que no juega con nadie. La he visto en la ventana del ático sonriendo a la gente que pasa, los invita a la casa. A ella, a diferencia de mi, le gusta que los peatones la vean.
Algunos la señalan asombrados y, después, apresuran el paso, se van. Hay alguien más que vive en esta casa: el señor Francisco. Nunca sale de su cuarto. Solo en las noches se abre la puerta de su cuarto. Nunca he estado ahí adentro. Tampoco cruzo palabra alguna con él.
Noelia le tiene mucho miedo. Se esconde en los pisos de arriba cuando el señor francisco sale de su horrible cuarto. La señora Josefina también lo evita. Nunca lo ve a los ojos. Aun a mi me desagrada bastante su aspecto. Me da miedo.
La señora Josefina, que bien podría ser una señora de la aristocracia, lo digo por sus ropas elegantes, tiene costumbres extravagantes. Todas las noches, antes de que el señor Francisco despierte, cambia los muebles de lugar. Escucho como mueve las sillas, la mesa, tira algunos trastes; después se encierra en su habitación donde generalmente permanece hasta el amanecer. Es ahí cuando la escucho llorar.
Ayer tuvimos visitas. En la tarde, unos estudiantes de preparatoria entraron a nuestra casa. Eran tres hombres y dos mujeres. ¿A qué habrán venido? Una de las muchachas dice que ya se deberían ir, el más alto de los hombres ríe. Noelia los observa con atención, desde arriba, como yo.
De las dos mujeres las mas hermosa es sin duda la de menor estatura. Su cabello dorado desciende hasta su cintura. Los hermosos ojos de jade vivo se notan inquietos. Estoy a punto de bajar a recibirlos y, entonces, escucho su nombre: “Julieta”.
El nombre hace un eco terrible en mí, un eco que me paraliza. Demasiado tarde, se han ido. ¿Tendrán algún asunto con el señor francisco? De cualquier forma el no salió a recibirlos.
Es de noche, afuera escucho a los pétalos bailar con el viento de la noche hasta que el sol aparece otra vez.
Julieta, Julieta, Julieta. ¿De donde te conozco? ¿Por qué no dejo de pensar en ti?
El ambiente de la casa se respira tenso, casi opresivo. Todo el día he estado tratando de evocar mis recuerdos más antiguos. Es extraño, no puedo recordar más que vaguedades, algunas tenues luces en esa eterna sombra que se ha vuelto mi memoria.
Hace tiempo, no recuerdo con exactitud, venia un sacerdote a hablar con el señor Francisco, venia casi diario. Un día discutieron y el sacerdote jamás regreso. Desde aquel día, el señor Francisco se encierra en ese molesto cuarto, ese cuarto que esta en el piso de abajo, enfrente de la sala.
Aun quedan una o dos horas de sol y sucedió… Julieta ha vuelto. Esta vez son quince muchachos entre hombres y mujeres. Traen bebidas y música. Bajare a hablar con Julieta. ¡Mi puerta no se abre! Escucho a la señora Josefina, se ve inquieta, parece que las visitas le molestan. Mueve los muebles de la parte de arriba, los deja caer. La música impide que alguien escuche.
Noelia ha bajado a saludarlos. Tres de las mujeres la miran azoradas. Un grito horrible se escapa de lo más profundo de una de ellas. Noelia se asusta y se pone a llorar. Su madre baja. La reunión se vuelve un caos. Josefina se lleva a Noelia a la parte de arriba. Se encierran en su habitación, y durante toda la noche no vuelven a salir.
Uno de los hombres intenta abrir la puerta que da a la calle. No abre. La puerta que esta enfrente de la sala se abre de golpe. Todos gritan atemorizados. El señor Francisco sale de su encierro, un odio inmenso se proyecta en sus ojos. El mismo odio con el que discutió con el sacerdote.
Con sus desproporcionados brazos golpea a los estudiantes, sin importar que sean hombres o mujeres. Todos caen muertos. El señor Francisco recoge las piernas y otros miembros desprendidos y se encierra con ellos en su cuarto.
Mi hermosa Julieta, siento tu respiración acercándose. ¡Pudiste escapar sin que te vieran! Entras a mi habitación y te encojes en una esquina. Me miras y tu cuerpo se endurece. Tus ojos se abren tanto que parece que se saldrán de sus cuencas. Yo no digo nada. ¿Qué hay que decir? Estoy feliz. La puerta solo se puede abrir por fuera. Aun respiras y la noche es larga…
No soy el único que vive aquí. Esta la señora Josefina y su pequeña hija Noelia. La señora Josefina parece estar siempre triste. No se que le habrá pasado o que habrá hecho, lo cierto es que, por las noches, invariablemente, la escucho sollozar amargamente.
La pequeña Noelia disfruta de correr por toda la casa, siempre esta activa, de buen humor. A pesar de que tiene una fea cicatriz que recorre todo su cuello de forma horizontal, es muy hermosa. Creo que necesita amigos, hace tiempo que no juega con nadie. La he visto en la ventana del ático sonriendo a la gente que pasa, los invita a la casa. A ella, a diferencia de mi, le gusta que los peatones la vean.
Algunos la señalan asombrados y, después, apresuran el paso, se van. Hay alguien más que vive en esta casa: el señor Francisco. Nunca sale de su cuarto. Solo en las noches se abre la puerta de su cuarto. Nunca he estado ahí adentro. Tampoco cruzo palabra alguna con él.
Noelia le tiene mucho miedo. Se esconde en los pisos de arriba cuando el señor francisco sale de su horrible cuarto. La señora Josefina también lo evita. Nunca lo ve a los ojos. Aun a mi me desagrada bastante su aspecto. Me da miedo.
La señora Josefina, que bien podría ser una señora de la aristocracia, lo digo por sus ropas elegantes, tiene costumbres extravagantes. Todas las noches, antes de que el señor Francisco despierte, cambia los muebles de lugar. Escucho como mueve las sillas, la mesa, tira algunos trastes; después se encierra en su habitación donde generalmente permanece hasta el amanecer. Es ahí cuando la escucho llorar.
Ayer tuvimos visitas. En la tarde, unos estudiantes de preparatoria entraron a nuestra casa. Eran tres hombres y dos mujeres. ¿A qué habrán venido? Una de las muchachas dice que ya se deberían ir, el más alto de los hombres ríe. Noelia los observa con atención, desde arriba, como yo.
De las dos mujeres las mas hermosa es sin duda la de menor estatura. Su cabello dorado desciende hasta su cintura. Los hermosos ojos de jade vivo se notan inquietos. Estoy a punto de bajar a recibirlos y, entonces, escucho su nombre: “Julieta”.
El nombre hace un eco terrible en mí, un eco que me paraliza. Demasiado tarde, se han ido. ¿Tendrán algún asunto con el señor francisco? De cualquier forma el no salió a recibirlos.
Es de noche, afuera escucho a los pétalos bailar con el viento de la noche hasta que el sol aparece otra vez.
Julieta, Julieta, Julieta. ¿De donde te conozco? ¿Por qué no dejo de pensar en ti?
El ambiente de la casa se respira tenso, casi opresivo. Todo el día he estado tratando de evocar mis recuerdos más antiguos. Es extraño, no puedo recordar más que vaguedades, algunas tenues luces en esa eterna sombra que se ha vuelto mi memoria.
Hace tiempo, no recuerdo con exactitud, venia un sacerdote a hablar con el señor Francisco, venia casi diario. Un día discutieron y el sacerdote jamás regreso. Desde aquel día, el señor Francisco se encierra en ese molesto cuarto, ese cuarto que esta en el piso de abajo, enfrente de la sala.
Aun quedan una o dos horas de sol y sucedió… Julieta ha vuelto. Esta vez son quince muchachos entre hombres y mujeres. Traen bebidas y música. Bajare a hablar con Julieta. ¡Mi puerta no se abre! Escucho a la señora Josefina, se ve inquieta, parece que las visitas le molestan. Mueve los muebles de la parte de arriba, los deja caer. La música impide que alguien escuche.
Noelia ha bajado a saludarlos. Tres de las mujeres la miran azoradas. Un grito horrible se escapa de lo más profundo de una de ellas. Noelia se asusta y se pone a llorar. Su madre baja. La reunión se vuelve un caos. Josefina se lleva a Noelia a la parte de arriba. Se encierran en su habitación, y durante toda la noche no vuelven a salir.
Uno de los hombres intenta abrir la puerta que da a la calle. No abre. La puerta que esta enfrente de la sala se abre de golpe. Todos gritan atemorizados. El señor Francisco sale de su encierro, un odio inmenso se proyecta en sus ojos. El mismo odio con el que discutió con el sacerdote.
Con sus desproporcionados brazos golpea a los estudiantes, sin importar que sean hombres o mujeres. Todos caen muertos. El señor Francisco recoge las piernas y otros miembros desprendidos y se encierra con ellos en su cuarto.
Mi hermosa Julieta, siento tu respiración acercándose. ¡Pudiste escapar sin que te vieran! Entras a mi habitación y te encojes en una esquina. Me miras y tu cuerpo se endurece. Tus ojos se abren tanto que parece que se saldrán de sus cuencas. Yo no digo nada. ¿Qué hay que decir? Estoy feliz. La puerta solo se puede abrir por fuera. Aun respiras y la noche es larga…
miércoles, 3 de febrero de 2010
Ni siquiera te enteraste.
Acabamos de hacer el amor y tu ni siquiera estas aquí. ¿Cómo es posible que pueda escuchar los pasos del gato? Escucho a los grillos en mi cabeza, suenan con tanta claridad que parece ridículo. Siento como corre la sangre que hay en mi cuerpo. La siento correr desde mi pecho a cada rincón de mi ser. Mi corazón late tan fuerte que creo que cada latido será el último, pero no se detiene, sigue y sigue con más y más fuerza. Puedo ver en la oscuridad. No hay ni un solo rayo de luz y aun así lo veo todo. Veo cada detalle en mi habitación y ni siquiera tengo abiertos los ojos. Mi corazón aun late con estremecedora fuerza, sin embargo, ya no siento mi sangre circular. Mi cuerpo se afloja, se descompone. Comienzo a abrir los ojos… estoy despertando. Acabamos de hacer el amor, y tú, ni siquiera te enteraste.
lunes, 1 de febrero de 2010
No dejes de cuidarme.
Estamos solos. No se exactamente que hora es. Debe ser muy tarde, los murmullos que se oían han desaparecido hace algunas horas. La habitación marcada con el número 209 por una noche deja de ser propiedad de una cadena hotelera. Por una noche es un lugar mágico. Por una noche es nuestra. Pongo mi cabeza en tu delicado pecho. Con tu brazo me aprietas fuertemente a ti. Tus senos se juntan. Simulan una prisión hermosa. Esos mismos senos que noches anteriores he acariciado con tanta pasión ahora se vuelven mi refugio. No me siento excitado. Me siento reconfortado, protegido. Tu pecho que en ocasiones anteriores ha creado los sueños eróticos mas variados en mi ser, ahora son algo diferente… tienen algo de maternal. Coloco mi mano derecha sobre tu vagina. No hay un solo centímetro en tu piel que sea frió. Afuera el clima es muy frió. En nuestro mundo privado, comprado por 500 pesos, el clima es bastante agradable, incluso hace algo de calor. Tu aroma es inconfundible. No haces ni un movimiento, sin embargo, tu respiración me confirma que sigues viva, que eres real y que aun no estoy soñando. Aprietas tus piernas sobre mi mano derecha. Recuerdo cuando te dije que “siempre te protegería”. Ahora, justo como estamos me doy cuenta lo mucho que tú me proteges a mí. No necesitas músculos o fuerza. Tu cariño y amor me hacen volver a la infancia. Sigo abrazándote toda la noche, y durante toda la noche mis problemas no vuelven, no regresan, se han ido.
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